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Prólogo

El personaje del General Grievous prometía bastante. En las guerras clon nos fue presentado como un enemigo formidable capaz de derrotar a varios Jedi al mismo tiempo. En la película, en cambio, su participación es pésima, no ganando ningún combate y huyendo a cada momento.

Sé que la causa principal de esto es la cuestión del tiempo a la que tiene que limitarse una película y a que lo importante del episodio III era la caída de Anakin. Pero a pesar de esto, yo me quedé con ganas de ver más acción por parte del general droide . Y como no soy George Lucas y la película ya está filmada, recurro a la escritura para plasmar lo que a mí me gustaría que hubiese ocurrido.

Ahora que empezado a escribir, sin embargo, me he dado cuenta de que si Grievous no muere en Utapau muchas cosas tienen que cambiarse; esto, en lugar de arredrarme, me ha dado más energías para escribir esta historia con el gusto de superar un reto.

Esta historia sigue los acontecimientos de la saga Star Wars hasta el combate de Grievous contra Obi-Wan en el episodio III. A partir de ahí, me pongo a especular sobre lo que podría haber ocurrido si el general sobrevive a este combate.

Espero que disfruten esta historia y que no me consideren un hereje.


Capítulo I

Tirado en la plataforma de despegue, con un dolor en el pecho que podía significar una o dos costillas rotas, Obi-Wan recuperó el conocimiento y, sorprendido, miró a Cody a su lado.

- General Kenobi, ¿se encuentra usted bien? – preguntó el clon, acuclillándose junto al jedi.

- ¿Grievous? – preguntó Obi-Wan, incorporándose con ayuda de Cody . ¿dónde está Grievous?

- Me temo que ha huido de nuevo, general.

Obi.Wan se mordió el labio, sintiendo en sus espaldas, además de un fuerte dolor muscular, el peso de la derrota; ¿cómo era posible que, teniendo ya la batalla ganada, Grievous se le haya escurrido otra vez? y también, ¿cómo era posible que el sangriento geneal del ejército droide lo haya dejado vivir teniéndolo a su merced, inconsciente? Seguramente el disparo del bláster le había hecho mucho daño. Obi-wan rememoró lo ocurrido en las últimas horas: su llegada a Utapau y su entrevista con Tion Medon, líder de Ciudad Pau, el señuelo de su caza Jedi elevándose de nuevo hacia Coruscant, su búsqueda sigilosa del núcleo separatista, el enfrentamiento contra Grievous, la huida de éste y su persecución a toda velocidad sobre el varáctilo, el combate final en que la Fuerza le ayudó a localizar el punto débil del general, el disparo del bláster directamente a las entrañas orgánicas de Grievous.

Fue en ese momento en que estuvo a punto de derrotar al general y poner fin a las guerras clon, lo cual haría que el ambicioso canciller Palpatine tuviera que dejar, de una vez por todas, la presidencia del senado. Un solo tiro de bláster más y todo hubiera terminado, Grievous parecía consternado e incapaz de defensa alguna - ¿sería por el resurgimiento de aquella sensación que Grievous tenía tanto tiempo sin sentir: el dolor? - Obi-Wan volvió a apuntar a aquél organo que parecía ser el corazón del general, pero en el momento de apretar el gatillo Grievous se tiró hacia delante, maldiciendo al Jedi que colgaba de la plataforma a punto de caer. Obi-Wan temió que Grievous, quizá moribundo, hubiese decidido envestirlo y caer ambos hacia el abismo de aquella fosa de Utapau, por lo que, utilizando la fuerza, se impulsó y echó una marometa que le hizo caer a espaldas de Grievous. Éste, con una velocidad de la que Obi-Wan no lo creía capaz en su estado, se dio media vuelta y le tiró una patada directo al pecho. El sofoco fue terrible por lo inesperado del golpe, pero el Jedi no estaba dispuesto a rendirse tan fácilmente; intentó apuntar de nuevo a las entrañas de Grievous, pero éste, rápido como una serpiente, le lanzó otra patada que le alcanzó el cráneo.

Desde ese momento Obi-Wan no supo nada más hasta la llegada de Cody.

¿Lo habrá creído muerto el General? ¿Habrá estado tan herido que sólo pensó en huir? De otro modo, le hubiese sido muy fácil aplastarle el cráneo contra la plataforma, o lanzarlo hacia la fosa. Sí, eso debió haber sido, Grievous herido de muerte, no pudo pensar en otra cosa que en subir a su nave y huir, antes que el ejército de clones alcanzara la plataforma y terminaran el trabajo que les había allanado Obi-Wan.

Se mordió el labio con más fuerza: sin el cadáver del general, la guerra continuaría seguramente, jamás podría perdonarse el haberse confiado frente a un enemigo tan poderoso, una de las cosas que un maestro Jedi nunca debe hacer.

- General, ¿informamos a Coruscant de la huida de Grievous?

- No nos queda de otra, Cody, informales que el cobarde se nos ha escapado otra vez.

Apoyando un brazo sobre Cody, Obi-Wan se puso en marcha de regreso a la plataforma principal de Utapau. Antes de irse, sin embargo, buscó en su cinturón y se dio cuenta que le hacía falta su sable.

- Eso no se le olvidó a Grievous. – dijo Obi-Wan, soltando una risilla triste.

- ¿Qué cosa? – preguntó Cody.

- Llevarse mi sable como trofeo.

- Se equivoca, general, aquí está su sable, se le cayó durante la persecución.

- Tienes razón, Cody, ya lo recuerdo. De haberlo tenido entonces el general Grievous estaría ahora hecho pedazos.


La tos lo está matando. Esa maldita tos que se ha vuelto parte de él desde el desastre de su nave que le ha convertido en la abominación que es ahora. Casi totalmente una máquina, sólo sus órganos vitales le quedan como vestigio de su pasado orgánico. Y sus ojos, esos ojos crueles que han aterrorizado a la galaxia entera, esos ojos tristes que tanto amaba Ronderu lij Kummar. Nadie que no sea un Kaleesh lo sabe: la mirada del General Grievous, supremo líder militar de los ejércitos separatistas, es una mirada triste.

Lo ha comprobado ya, es capaz de vivir casi en el espacio; después de todo salió expelido de la Mano invisible y pudo regresar a las cápsulas de escape respirando el prácticamente inexistente aire de la atmósfera superior de Coruscant. Entonces ¿Por qué la tos? ¿Por qué ese desesperado martilleo en el pecho, ese cosquilleo en la garganta que no desaparece? Agravada por la Fuerza que Mace Windu utilizó para constreñirle el pecho, es ahora imparable después del disparo de Obi-Wan. Casi derrotado con su propia arma, la máxima humillación para un Kaleesh. Grievous se pregunta si no hubiera sido mejor haber muerto.

Además del daño a sus órganos – Ah, el dolor, esa oscura prerrogativa de los seres orgánicos - , Grievous ha perdido dos manos. El saldo es devastador. Obi-Wan Kenobi en nada se parece a los otros Jedi a los que se ha enfrentado. Es mucho más fuerte, más rápido. Grievous ha sido humillado. Y ha decidido cobrarse la humillación más tarde, cuando esté en posibilidades de derrotar a Kenobi en un duelo a sables.

Sabe que los Jedi creen que es un cobarde. Su moral no se parece en nada a la de los Kaleesh; en la guerra, todo está permitido. Sin embargo, lo único que un Kaleesh no puede soportar, ni perdonar, es ser atacado con su propia arma. Tiene que matar al ofensor en un duelo que los humanos denominarían de caballeros.

Pero el ardor en el pecho le hace temer la muerte en las próximas horas. El piloto automático de su nave se dirige a Mustafar. Conoce muy bien ese planeta, desolado, ardiente, como el infierno de las antiguas mitologías Kaleesh. De llegar vivo ¿podrán curarlo y repararlo ahí? Por primera vez lamenta la decisión de Darth Sidius de entregar Geonosis a la república.

Sabe que no debe hacerlo, pero cierra los ojos. Los cierra y la tos se calma un poco. La imagen de Ronderu lij Kummar flota por su mente unos instantes antes de sumirse en la inconsciencia.



En el despacho del presidente del senado, Palpatine recibe el mensaje un tanto consternado. Grievous ha huido. Sus planes tenían contemplada la muerte del general en Utapau. Después de un par de minutos de consternación, Palpatine sonríe. No sería quien es sino tuviera siempre un plan B.

Anakin Skywalker entra en su oficina preguntándole si se ha enterado de la noticia. Palpatine asiente. Casi puede oler la rabia y la frustración que recorren el cuerpo del joven Jedi. Nada mejor para sus planes. Palpatine piensa que la huida de Grievous resulte beneficiosa después de todo.

- ¿Lo ves, Anakin? - dice el canciller en tono contrito – por eso deseaba yo que tú fueras el encargado de esta misión. Tú si habrías logrado acabar con Grievous y con esta guerra sin duda alguna.

- No lo sé, canciller, si Obi-Wan tuvo problemas para…

- No seas modesto, Anakin – dice Palpatine, levantando su mano en un gesto que pide al Jedi guardar silencio -. Yo sé que tú eres más fuerte que Obi-Wan, y también sé que tú lo sabes. – se dirijé hacia Anakin y le pone las manos sobre los hombros. – Anakin, tú eres más fuerte que cualquiera de los miembros del consejo Jedi. Ellos lo saben y por eso te excluyen, te envidian. Si hayan seguido mi recomendación y te hayan enviado a Utapau, Grievous estaría muerto. Ahora no sabemos a dónde a huido ni que nuevos planes tenga en mente. Nos tomará mucho tiempo volver a localizarlo.

- ¿Y qué haremos ahora, canciller?

- Déjalo en mis manos. Lleva un mensaje al consejo Jedi, diles que deseo hablar ante el pleno del consejo.

- Pero ellos nunca aceptarán que alguien que no es un Jedi ponga los pies en la cámara del consejo.

- Tendrán que hacerlo, Anakin, a cuasua de su incompetencia la republica ha perdido una oportunidad de oro para recuperar la paz. Nuevas medidas habrán de tomarse en consecuencia.

Anakin se despide del canciller con una reverencia y sale de la oficina. La mueca de disgusto en el rostro de Palpatine se vuelve, poco a poco, una sonrisa. Un destello maligno cruza su mirada.

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